Se acercaron susurrando

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Se acercaron susurrando las ideas locas, los planes inesperados, y esta vez no me negué a dejarlos pasar.

Se pararon los relojes, las miradas se perdían,  mi alma rugía y mis ganas me delataban.
Conseguí el podio de la felicidad, de la satisfacción de un trabajo bien hecho y el confort de no haber traicionado mis sentimientos.



¿Qué paso después? Mejor no pensarlo. Pues sólo sé que todo se descontroló. Que mi mundo hervía y que nada se sostenía por sí solo. Que ahora las miradas se habían congelado eternamente llenándose de un vacío sobrecogedor.

Por aquel entonces, mi cabeza retumbaba  constantemente con un soniquete inquietante.

Y ayudado por el eco que proporcionaba la cómoda soledad, lograba entreoír y arrojar luz a aquel batiburrillo de palabras: “Nada volverá a ser igual” replicado constantemente por “Nada tiene porque ser igual”.



Y con el tiempo, los susurros se marcharon. Y no tuve que vetarles la entrada. Pues los susurros se desterraron al país de las utopías, al lugar donde todo nace y nada muere. Al lugar de donde saliste tú con tu bonita sonrisa conquistadora. A ese lugar donde me gustaría perderme eternamente si es que algún día vuelves.

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