Tu ritual

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Parece que estoy condenado, como si de un mal sueño se tratase, a revivir continuamente en mi mente esos instantes antes de salir de casa. Esos instantes en los que tú buscabas la perfección, mientras yo solo buscaba tu atención.

Aún recuerdo tu meticuloso ritual, ese que a veces sacaba lo peor de mi por la duración y la impuntualidad heredada. Un ritual con olor a crema y entusiasmo. Un ritual de precisión y secador. Un ritual de pintura y buen hacer. Un ritual de belleza y sofisticación.


Faltaban más de 90 minutos para salir de casa, pero tu compleja maquinaria se ponía en marcha de manera puntual.  Yo te veía andar hacia el baño cargada de mil y un utensilios a los que yo no sabría dar uso y se oía un pistoletazo de salida camuflado con el sonido del grifo de la ducha.

No habían pasado 15 minutos y la puerta del baño se abría dejando salir una gran niebla acompañada de altas temperaturas. Y entre esa espesa niebla aparecías tú enrollada en una toalla que agarrabas fuertemente con una mano, mientras que con la otra mano libre sostenías el turbante improvisado que protegía tu largo pelo negro.


Compartir baño contigo en aquel instante parecía lo peor. Pero ahora recuerdo con tristeza y añoranza nuestras miradas cruzándose en el espejo a las que respondías con una sonrisa. Me veo con la misma cara de estupefacción que entonces te ponía cuando te echabas rímel tan lentamente. Ahora también echo de menos cuando salias corriendo del baño a buscar otro espejo en el que verte mejor.

Te mentiría si no te dijera que lo que más me gustaba era ver llegar el ritual a su momento final. Y oír tus largos tacones por el pasillo justificando todo el tiempo invertido.


Ahora ya no estas, y tus pinturas tampoco. El olor a crema se dispersó y solo me queda conformarme con el olor de la espuma de afeitar. Ahora no se oyen tus tacones desfilar por el pasillo, y quizás tampoco los latidos de mi corazón. Ahora solo puedo decir que te echo de menos.



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