Un viaje sin rumbo hacia destino concreto.

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Busqué en bibliotecas lejanas y sombrías repletas de manuscritos. Pregunté a los grandes sabios del ágora y escuché con atención sus elocuentes explicaciones. Me encomendé a lo divino rezando y orando con gran devoción. Pero no encontré lo que buscaba.


No conforme con lo experimentado me dispuse a encontrar mis propias respuestas. Preparé un pequeño morral con comida, recogí los viejos mapas de mi escritorio, suspiré fuertemente  y empecé dando un primer y pequeño paso para cruzar la puerta de mi casa. De esa torpe manera empecé un largo viaje. Un viaje sin rumbo pero si con destino concreto.

Al principio del viaje mi energía acumulada sumada al impulso proporcionado por la ilusión me ayudaron a andar los primeros pasos con relativa facilidad. Pero el impulso se iba gastando a la par que me alejaba de  mi hogar. Y mi sonrisa se iba torciendo con cada paso que daba.


No tardó en llegar la tormenta, una de esas tormentas que te encogen el corazón. La lluvia ya calaba todos mis flacos huesos cuando en mi interior resonaba el eco de la frustración.  ¿el viaje merecía la pena? O mejor dicho, ¿el destino merecía la pena?. Las dudas no hacían más que acentuar mi desapego por la errónea decisión de emprender un viaje en solitario.

Pero al día siguiente brilló el sol con más fuerza que nunca, y el destino en un alarde de azar unió a dos viajeros con un mismo destino. Quizás el sol o quizás el apego secó todos mis ropajes, y al igual que al principio de todo, mi ilusión me hacia andar de manera más liviana. 

El viajero y yo andamos unos cuantos días juntos. Bueno, en realidad, no se si fueron meses o años, lo único que si sé, es que esa parte del viaje fue la más cómoda. Hablábamos distraídos y comentábamos nuestras buenas y malas experiencias durante el viaje.


Un día llegamos a una bifurcación del camino. Mi compañero viajero optó por una ruta que no conducía a mi destino. El tomó la derecha y yo la izquierda ¿o fue al revés? En realidad de lo único que estoy seguro es que no fue la misma decisión que la mía.

Las tormentas volvieron a aparecer, los días de sol también. Los viajeros, aunque escasos, me acompañaban durante tramos de camino haciendo más llevadera mi carga.

Y seguí andando y andando, buscando y buscando cualquier pista que me llevara hacia mi destino. Un destino que estaba marcado con una gran cartel que rezaba: "Felicidad".


Pero a estas alturas del viaje a cada paso que doy descubro que pasé por alto esos mismos carteles que ahora busco con desesperación. Y es que para mi tormento recuerdo un cartel justo encima de mi hogar. Recuerdo otros carteles mientras preparaba con ilusión mi largo viaje. Pero sobre todo recuerdo haber pasado por alto varios carteles de "Felicidad" cuando iba caminando con mi compañero viajero.





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