Un equilibrista en el punto intermedio

  • 0
Ni delante, ni detrás. Ni al principio, ni al final. Ni arriba, ni abajo. Ni vivo, ni muerto. Simplemente en un punto intermedio.

Esta es la historia de un equilibrista que tras un sosegado examen de conciencia se arma de valor para poner el primer pie sobre la cuerda floja. No es fácil la preparación, ni tampoco es fácil la concentración necesaria para ejecutar este ejercicio. Pero paso a paso, suspiro a suspiro, segundo a segundo, avanza tembloroso por la fina cuerda. Avanza en un estado de concentración absoluta, dejando únicamente sus sentidos ocupados en la percepción de la cuerda y el final del recorrido.



Todo parece bajo control cuando de repente el equilibrista se para. Se ha parado en el punto medio del camino. Sus ojos se alejan de la cuerda y poco a poco van hacia el infinito. Su pulso se acelera y los músculos comienzan a sufrir pequeños espasmos. Las gotas de sudor poco a poco se convierten en una catarata de inestabilidad. Su mente en un solo segundo se llena de miedos y temores.

No teniendo nuestro equilibrista suficientes problemas el publico que lo contempla murmura mientras se debate entre el miedo de una caída fatal que haga finalizar el número sin aplauso, y el morbo de ver fallar al intrépido individuo.

El tiempo se detiene, y el equilibrista queda perpetuamente en el punto intermedio del recorrido. Siempre intentando no caer hacia la derecha o hacia la izquierda. Siempre intentando no defraudar al público que quiere una ejecución perfecta o al público que quiere ver la sangre sobre la arena. Siempre intentando mantener el equilibrio entre lo bueno y lo malo. Esta es la historia de un equilibrista que siempre está en el punto intermedio.



No siempre, ni a todas horas, pero si muy a menudo el ser humano se encuentra en esa situación de miedo e incertidumbre que nos recorre el cuerpo entero de manera irremediable ante la toma de decisiones. Es fácil distinguir entre arriba y abajo, la derecha y la izquierda, el bien o el mal. Pero es mucho más difícil para cualquier individuo tomar un desvió ante un obstáculo en nuestro recorrido.

Es difícil dar el paso. Atrás o delante, pie izquierdo o derecho. Pero la situación a la que nos enfrentamos es inevitable y no la podemos cambiar. Únicamente hay que tomar una decisión le pese a quien le pese.

El desvío no debe ser perpetuo ni mucho menos. Pero tomar otro camino diferente a lo establecido, diferente a nuestra ruta marcada, diferente a lo que se espera de nosotros,  no es más que traicionar aquello en lo que creemos. Y aunque el desvío sea provisional o sea solo para un momento ¿es menos traición que marcarte una nueva ruta con nuevas referencias?



Sin duda nos autoconvenceremos diciéndonos que si la traición dura un instante el dolor es menor, que era un momento de debilidad, que era un intermedio en una larga película aburrida, que son ganas de experimentar o la sutileza de insinuar que no había más alternativa. Pero amigos nuestra mente no tiene el poder de ocultarte la verdad.

Y lamentablemente es la propia verdad de nuestros actos la que nos hace descubrir que realmente no somos lo que los demás esperan,  que no tenemos el remedio a todos los problemas y sobre todo que no sabemos siempre mantener el equilibrio en el circo de la vida.

A veces nos vemos en mitad de la cuerda floja, respirando apresuradamente y a punto de caer al vació. Y a este punto de inflexión lamentablemente no hemos llegado siguiendo nuestros propios ideales, sino intentando complacer a aquellos que nos rodean y arrojan a convertirnos en aquello que el resto de personas esperan. ¿Fallar en esta situación es fallarnos a nosotros mismos? O por el contrario, nuestra caída o nuestro fallo se justifica de manera más fácil repartiendo la culpa entre los presentes. Está claro que el llegar al punto de inflexión empujado por otros es problema del propio trapecista que podría haber frenado los empujones que le llevan a esa situación dramática.



El punto intermedio de nuestro equilibrista, es el punto de inflexión del ser humano en un recorrido, no de distancia o tiempo , sino en un compendio de valores, principios e ideales perfilados con nuestra propia experiencia. Y la mejor manera de mantener a nuestro equilibrista sano y salvo es no traicionar aquello en lo que siempre has creído.



No hay comentarios:

Publicar un comentario