Yo conocí a una princesa

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Más allá del ancestral debate entre la comparación del sexo masculino y femenino, más allá de lo comprensible o incomprensible que puede llegar a ser el corazón de una mujer, más allá de lo que la sociedad establece que debe sentir el hombre contemporáneo y como debe afrontar el amor, y sobre todo más allá de hablar sobre sentimientos perfectos están las siguientes palabras que os dedico. 



Estas son las palabras de un hombre que siempre ha sentido y querido con intensidad todos los momentos de su vida. Un hombre que nunca se tapó la cara cuando lloraba por un desengaño profundo o ante la impotencia de actuar ante una situación descontrolada. Estas son las palabras de un hombre que se educó junto a chicas, de las que aprendió respeto y confianza a partes iguales. Estas son las palabras de un chico normal que no destacó por lo bueno ni por lo malo. Estas palabras son de un hombre que tuvo el corazón roto y que supo coser y cicatrizar sus heridas con el mismo sentimiento que anteriormente le había hecho daño. Os dedico estas simples palabras para mostraros mis sentimientos. 

Sentimientos de frustración al ver como nuestro hábitat contemporáneo alimenta de sueños de princesas y castillos a todas las mujeres. Logrando que más tarde exploten en lagrimas y dolor al no alcanzar su meta. Sueños de princesas y príncipes dosificados en películas románticas de Julia Roberts, donde la perfección deslumbra y la imperfección no aparece, y dónde el paso del tiempo no juega un papel importante. Historias donde el caballero es el galán que corteja y trabaja en solitario todo el amor y la dama únicamente se deja seducir en una espiral de momentos poco probables en la vida real. Princesas que obtienen el derecho de elegir a su príncipe azul y a desecharlo en el momento que todo no fluya como ellas habían esperado. Princesas que solo adquieren la posición de igualdad ante el hombre en el ámbito laboral, académico y económico y obviando la lucha de sexos para el ámbito sentimental. Princesas que siempre deben ser acompañadas por su galán a la puerta de casa, y que nunca acompañarían a su príncipe en la vuelta tortuosa hasta la suya. Por estas razones existen princesas que no son princesas, princesas que creen que son princesas, y princesas no princesas que sufren por ello.



Las palabras que os dedica que este hombre no solo hablan de princesas, también hablan de transiciones. Transiciones como las que sufre el príncipe, que ve menguada su categoría en un instante hasta llegar a ser mozo de cuadras. Un mozo de cuadras que no le queda nada más que aceptar su nueva condición y olvidar. Olvidar con todas sus fuerzas todo lo que había sido su vida hasta entonces, para aceptar su nueva situación y no sufrir por ella.

Un mozo de cuadras que debe ver y callar al ver pasar a la culpable de su dolor ante él, y que debe comportarse como la sociedad le ha enseñado: poniendo buena cara y reverenciándose ante la princesa. Puesto que si hace lo contrario sería un despechado sin sentimientos que lo tendría merecido.

Y mientras el mozo de cuadras lucha en soledad con sus sentimientos verdaderos y cortantes. La corte real solo hace engrandecer todo lo superficial de la princesa. Puesto que como las princesas bien saben lo único importante para ser una buena princesa meritoria de su posición es el aspecto físico. El egoísmo, egocentrismo y la vanidad se entremezclan en un intercambio de piropos envenenados entre todos los miembros de su corte, puesto que una buena princesa es digna de envidias y de celos 



Os dedico estas palabras de frustración, porque yo conocí a una princesa y fui príncipe azul durante algo más de 6 años. Pero también fui relegado a mozo de cuadras en 6 minutos. Y aunque el dolor fue intenso y cortante, mi nueva situación me otorgaba un privilegio que antes no poseía, Porque yo conocía la punta de la pirámide, pero no la base.

Y ahora desde mi nuevo punto de vista, comprendo que la mejor manera de buscar la felicidad no está en encontrar una nueva princesa que me lleve a lo más alto. Si no en la búsqueda de una compañera a la que no le importe limpiar las cuadras siempre que estemos juntos.

Este chico que os dedica estas palabras, no es más que un hombre normal que una vez conoció a una princesa de la que nunca debió enamorarse.

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