Lo que ellos si saben

El Bazar de los Desbarajustes

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Ayer me despisté y me encontré soñando contigo. Nos miramos, me sonreíste y el amor me hizo vender todos mis principios y valores en el Bazar de los Desbarajustes.

Vendí frases hechas del tipo “Yo no seré así” o “Yo no soy de ese tipo de personas que lo dejan todo por amor”.
Vendí los dos primeros puestos de mis prioridades: Yo y mi tiempo.
Me deshice de la maraña de hilos que enredaban mis noches locas. Y regalé esa mochila repleta de piedras en forma de recuerdos amargos con la que cargaba.

También compré a muy buen precio, un saco de ilusión y un puñado de planes futuros y quehaceres junto a ti. Llené hasta rebosar mi cantimplora sedienta de paciencia. Y el pequeño morral que poseía lo ensanché para poder guardar todo ese batiburrillo de sentimientos indescriptibles que empezaba a sentir.

Me ofrecieron a buen precio un mapa de tus sentimientos, pero en un alarde de valentía lo rechacé para ir descubriendo de manera sutil y poco a poco los secretos que guardas en tu interior.

No dudé en quitarme ese duro escudo en forma de coraza que usaba para mis apariciones en público, puesto que ahora entendí que junto a ti nadie podía hacerme daño. Empeñé mi espejo favorito, puesto que a partir de ahora para verme reflejado solo necesitaría mirarte a ti


Que gran día en el Bazar de los Desbarajustes,  mercadeando con sentimientos obsoletos a cambio de unos nuevos repletos de energía. Que gran día junto a ti descubriendo el amor que nos atropelló en forma de hijo.


Todavía estoy sentado en el sofá

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No quererte me hizo más fuerte,
No verte me hizo más valiente,
No preocuparme por ti me hizo más libre,
Pero no estar contigo me mata.

No poder disfrutar de tu risa incontrolada me consume. No poder renegar de tus despistes despistados me desespera. No descubrir tus pequeñas pecas ocultas tras el maquillaje me impacienta. Y sobre todo, no verte llegar me entristece.

Todavía estoy sentado en el sofá esperando oír los zapatos de tacón retumbar por el portal seguidos del sonajero que hacen tus llaves al girar. Todavía espero, y empiezo a desesperar.




Qué fue de los malos ratos que ahora aceptaría como buenos. Qué fue de tus aires de grandeza que siempre te reprochaba y que ahora suplicaría volver a sufrir. Qué fue de ese amor tan grande y sin medida, que se escapó por una rendija de tu persiana. 

Quizás se lo llevo el viento, o quizás un susurro mal medido que despertó en ti algo nuevo y contrario a lo que tú eras. Quizás la palabra “Quizás” queda muy grande para un “Seguro”. Porque lo que sé, es que seguro que yo no era lo que esperabas, yo no era lo que te imaginabas, yo no era de verdad y por supuesto yo no era como tu quisieras que fuera.

Solo queda frío

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Y de nuevo pasó, de nuevo junto a mí, a escasos centímetros tuyos, pero cien leguas de tu corazón. Nuestros labios se acercan, se cruzan, pero se estrellan en las mejillas. Tu mirada me ve, la mía también, pero en la primera oportunidad se desvían.

Sin duda este frío es lo mejor que podemos esperar después de acabar con el calor que nos unía.
Qué pena tan grande lo que pudo ser y no fue. Que desastre estrepitoso intentando actuar con normalidad ante ti. Que grande fuiste en mi vida y que grande eres en mis recuerdos. Y que pequeños y escasos los momentos en los que muestras que en algún momento yo también te importé a ti.

Tú decidiste tu camino, yo me vi abocado a elegir uno para mí. Qué nos tendrá deparado el futuro, no lo sé, tampoco me importa. Vivo mi presente construyendo algo más grande de lo que los dos vivimos juntos, algo mejor, algo más auténtico, y sobre todo, algo que no se rompa con el paso de los años. Espero querida enemiga que tu estés con los mismos quehaceres, porque el tiempo y la vida no se explican con pasados felices o futuros mejores, solo se explican disfrutando de un presente que duré eternamente.

Volviste a mis sentidos, pero lamentablemente nunca regresaste a mi corazón.

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Saludos desde el otro lado de la barrera de tu indiferencia. Saludos rápidos y breves que no me corten la respiración al mirarte.  Eso es todo lo que pedí para el día en que te volviera a ver. 

Pero todo se truncó, y lo que esperaba que aconteciera fugazmente, lamentablemente se detuvo en el tiempo de manera casi eterna. Mi torpe mirada esquivaba tus ojos, no por vergüenza, sino por no caer irremediablemente en la trampa que preparaba tu sonrisa. Esa que rememoré en mil noches de duermevela.

Tus palabras endulzaban el veneno que se vertía poco a poco dentro de mí. Un veneno lento pero potente, el cual estremecía algunos pensamientos que creía ya enterrados hace mucho tiempo.

Volviste a mis sentidos, pero lamentablemente nunca regresaste a mi corazón.

La promoción de tu ego

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Creo que has subido a tu ego un escalón más arriba de lo que ya estaba. Creo que desde esas alturas miras con desprecio todo lo que me rodea incluyéndome a mí. Pero amiga ten cuidado que allá arriba, en las alturas, el aire es más turbio y ensucia más el alma.

No creo que seas mala, y tampoco creo que tengas que esforzarte para serlo. No creo que algún día vuelvas a poner los pies en la tierra y te des cuenta del gran error de tu vida. Ese mismo error que te marcó y que por error desgraciadamente también me marcó a mí.



Tengo dudas de que si todo lo que haces está premeditado y estudiado, o por el contrario simplemente eres tú y tu espontaneidad amarga. También tengo dudas sobre los correveidiles que te ensucian el oído, esos que adoran y apuñalan a la par, validos únicamente de una lengua viperina.

Lo has ignorado, lo has rechazado y eso niñita consentida no se perdona. Quizás se olvide, o quizás se guarde en un cajón a la espera de ser sacado en forma de reproche, pero seguro que esto es el fin del todo el daño que me has podido causar.


Si este escrito fuera sobre el despecho amoroso, lo siento, te desearía lo peor. Pero no. Este escrito trata sobre como comportarse con educación y clase dejando de lado el pasado que nos unió. Y es decepción lo que siento hacia ti. Decepción mezclada con tristeza al ver en que te has convertido. Y siento no olvidarme de lo más importante que tenía que decirte: 
“creo que la soledad se está encargando poco a poco y en silencio de curar despacio todos tus males”.
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Conseguí vencer mis miedos, me armé de valor,  y mostré mis sentimientos.
—¡Se acabó!—  contestaste.
Y mis miedos volvieron a nacer…
 El tiempo pasó y…
—¡Te necesito!— gritaste.
Y ahora mis miedos no me permiten visitarte.


Se acercaron susurrando

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Se acercaron susurrando las ideas locas, los planes inesperados, y esta vez no me negué a dejarlos pasar.

Se pararon los relojes, las miradas se perdían,  mi alma rugía y mis ganas me delataban.
Conseguí el podio de la felicidad, de la satisfacción de un trabajo bien hecho y el confort de no haber traicionado mis sentimientos.



¿Qué paso después? Mejor no pensarlo. Pues sólo sé que todo se descontroló. Que mi mundo hervía y que nada se sostenía por sí solo. Que ahora las miradas se habían congelado eternamente llenándose de un vacío sobrecogedor.

Por aquel entonces, mi cabeza retumbaba  constantemente con un soniquete inquietante.

Y ayudado por el eco que proporcionaba la cómoda soledad, lograba entreoír y arrojar luz a aquel batiburrillo de palabras: “Nada volverá a ser igual” replicado constantemente por “Nada tiene porque ser igual”.



Y con el tiempo, los susurros se marcharon. Y no tuve que vetarles la entrada. Pues los susurros se desterraron al país de las utopías, al lugar donde todo nace y nada muere. Al lugar de donde saliste tú con tu bonita sonrisa conquistadora. A ese lugar donde me gustaría perderme eternamente si es que algún día vuelves.